Una reflexión sobre el consumo


Por Jen

Cada año, la industria de la moda produce 150 mil millones de piezas en todo el mundo. De esa cantidad, un tercio se vende a precio full, un tercio se vende en descuento y el otro tercio no se vende. Termina siendo incinerado o desechado.

  

Ese dato, que he repetido decenas de veces (seguramente varias en algún otro post), es uno de los recuerdos más vivos que tengo de mi paso por las charlas de la maestría de Estudios de Moda en Parsons. Recuerdo bien a Timo Rissanen, una absoluta eminencia en materia de producción ética y diseño consciente, diciéndonos todas estas cosas y poniéndonos muchos ejemplos de desperdicios en la industria de la moda. Esa en la que nosotros trabajamos, creamos, y que en muchas ocasiones sostiene nuestros trabajos. De toda esa charla, que está en versión extendida en YouTube y que recomiendo a todo el mundo ver porque sigue vigente después de dos años, también recuerdo que una de las preguntas que le hicieron a Timo era si es posible boicotear el sistema actual en el que nos encontramos y comenzar de cero. La respuesta de Rissanen fue sorprendente para pocos, pero nos aseguró que si queríamos cambiar el sistema, teníamos que empezar por tener prácticas más éticas de consumo (y del vestir) en nuestras propias casas. Así como con muchas de las cosas que dijo en esa conferencia, y muchas de las que le escuché decir durante mi paso por Parsons. “Tenemos tantas cosas que no sabemos qué hacer con ellas”.

Siempre he sido una persona que trata, en lo posible, de desperdiciar la menor cantidad de recursos posibles: comida, agua, tiempo, etc. Pero en los últimos meses (particularmente desde que comenzó la pandemia) me ha invadido esa sensación de que no estoy aplicando eso con la ropa. Después de todo “la moda habla el idioma del capitalismo”, como dice Elizabeth Wilson, y es muy complicado hacer esas reflexiones internas sobre todo ante la velocidad con la que pasan los días. Pero hace casi un año ya que el mundo se detuvo, y con esa pausa hubo más tiempo para pensar: planear proyectos que teníamos tiempo aplazados, ver todas las series pendientes, limpiar el clóset. Esta última me hizo darme cuenta de que tengo más ropa de la que normalmente me pongo, y me dispuse a hacer el ritual de sacar lo que no iba a usar más.

Timo Risanen en una de sus conferencias

Mucha gente al parecer hizo lo mismo en los primeros meses de pandemia. El resultado: cantidades de ropa para regalar/donar/vender… en general, para darles otra vida. En Colombia sobre todo se ha visto en estos meses el auge de las cuentas de Instagram o personas que venden su ropa, lo cual me parece increíblemente positivo. Yo trabajo en el mercado de la reventa y creo firmemente en que es posible comprar la mayoría de nuestra ropa usada, pero el problema va más allá de comprar nuevo o de segunda. Como afirma Timo Rissanen, el problema está en nuestros hábitos de consumo.

Vivimos en una era en la que el auge de la moda rápida y las redes sociales nos hacen sentir una presión muy pesada (y en algunos casos hasta violenta) por siempre tener algo nuevo. Nada de dos fotos con la misma camisa, especialmente para quienes viven de crear contenido en internet. Y esta idea de usar las cosas una vez o muy, muy poco para después venderlas se nos está volviendo otro círculo vicioso, uno del que hay que hablar porque no podemos caer en los mismos errores sin darnos cuenta a tiempo. Es preocupante ver tantas cosas en venta con captions de ‘un solo uso’ o ‘nuevas sin etiqueta’ a la hora de comprar ropa que se considera de segunda. Es entendible que a veces cometemos errores al comprar o puede llegarnos algo que no nos gustó cómo nos quedó, pero si el fenómeno se repite una y otra vez hay que analizarlo. Reflexionar sobre la forma que consumimos es importante para comenzar a tener hábitos más responsables también con nuestra ropa.

Ahora, no se trata de satanizar a quienes compran ropa usada, ni más faltaba, y mucho menos voy a escribir un manifiesto en contra del fast fashion. Yo tengo, por ejemplo, un tipo de pantalón que solo he encontrado en H&M (créanme, busqué por todas partes) y cuando se me daña lo vuelvo a comprar. Este post entero se trata más bien de invitar a una reflexión sobre la forma en que compramos: ¿cuántas veces nos vamos a poner ese top que le vimos a una influencer en TikTok? ¿Vale la pena pagarle a ese gigante del fast fashion con envío incluido por algo que solo me voy a poner para una foto? ¿Es necesario tener todas estas cosas? Incluso valdría la pena cuestionarse, para quienes vivimos en ciudades grandes con apartamentos pequeños como Nueva York: ¿tengo espacio para todo eso? En mi caso la respuesta es obviamente no, y desde que me mudé a esta ciudad con dos maletas nada más he ido agregando prendas a mi closet que no tenía: abrigos, botas y otras piezas de invierno principalmente. Pero desde que revisé mi closet en cuarentena entendí que no necesito nada más… o al menos no mucho más. A la falta de espacio hay que sumarle la imposibilidad de ir a muchas partes; es la época perfecta para comprar menos.

Y eso he tratado de hacer, en la medida de lo posible. Joanne Entwistle, una de las académicas más prominentes de los estudios de moda, nos propone una serie de cosas para tratar de tener un acercamiento más ético a la moda: crear nosotras mismas (es un talento que no poseo), reparar, reusar, hasta intercambiar. Todos estos son comportamientos que no son alentados en mayor manera porque no conviene al consumo, al capitalismo. En sus alternativas Entwistle también propone la idea de crear lazos afectivos con nuestras prendas, de manera que ese apego sentimental nos invite a usarlas por más tiempo. Y esa idea me encanta. Hace un tiempo comencé a leer sobre el #30WearsChallenge, y me parece que encaja perfecto con la idea de Entwistle. Se trata de un reto de redes sociales que nos invita a usar cada prenda que tengamos AL MENOS en 30 ocasiones, algo que poniéndolo por escrito no suena tan difícil, pero la realidad es otra. Esa dinámica de las 30 puestas también debe aplicar a la hora de comprar, y así ayudar a que nuestras compras sean justificadas, es decir, artículos a los que sí les vamos a dar muchísimo uso. 

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El #30WearsChallenge me parece una gran posibilidad
para concientizarnos del valor y la utilidad de nuestra ropa.

Yo comencé el 2021 firme con ese reto, y además con la convicción de no comprar nada de ropa que no sea necesario reemplazar (porque se rompa o no me quede, por ejemplo), pero hablando con mi colega Laura Beltrán-Rubio coincido en que si bien esto solo es un comienzo, la idea tiene que ser más radical. No podemos seguir en esta dinámica de comprar sin control solo porque podemos, controlándonos (un poquito) por retos de redes sociales ni tratando de exculpar nuestro consumo en la idea de que vamos a darle “una segunda vida” vendiéndolo o regalándolo a alguien más. Es muy retador y difícil ser consciente de lo que nos ponemos, pero al menos hay que hacer el intento. Personalmente siento que es la única forma en la que realmente llegaremos a algún cambio, comenzando por nosotros. Como dijo una amiga muy querida: de nada sirve no pedir pitillo en el restaurante si H&M ve rentable vendernos 20 colecciones cada año.

Este post me tomó tiempo, y al final puede que no esté diciendo nada nuevo, pero creo que era absolutamente necesario hacerlo. Esta es mi reflexión y espero que, de alguna manera, resuene con alguien más. Recordemos que comprar, así sea de segunda, sigue siendo comprar. Y si estamos vendiendo lo que no usamos para seguir comprando, estamos contribuyendo a un círculo vicioso de nunca acabar.

2 comentarios:

  1. Mi abuelita siempre es exigente con los trabajadores para que no desperdicien nada de la tela de mezclilla para pantalones de mujer que interesante igual que el la enseñanza del articulo sobre la etica de consumo al vesti

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