‘I feel pretty’ y las malas lecciones que nos enseña la industria de la moda

Por Meli.

¿Alguna vez les ha pasado que pasan por una vitrina o miran un anuncio publicitario, ven prendas preciosas que quisieran ponerse, y luego piensan que nunca se les van a ver tan bien como a los maniquíes y a las modelos porque ustedes no son altas y delgadas?

Si nunca han experimentado esa sensación, felicidades: ustedes probablemente hacen parte del privilegiado grupo de mujeres que entra dentro de los cánones de belleza para los cuales la industria de la moda crea sus productos.
Si en cambio conocen bien ese sentimiento, entonces ustedes son como yo: una persona con unos kilos de más (pocos o muchos), o con una estatura muy baja o muy alta, o con una figura corporal alejada del dichoso “reloj de arena”, que muchas veces tiene que conformarse con ropa que no le encanta porque “le queda” o “le favorece”.

¿A qué viene todo esto? A que hace poco vi ‘I feel pretty’ en Netflix, una comedia protagonizada por Any Schumer acerca de una mujer insegura con su apariencia que luego de sufrir un golpe en la cabeza, se empieza a ver a sí misma extremadamente bella y, por lo tanto, su autoestima y autoconfianza se disparan hacia las nubes.

En mi opinión personal, es una película graciosísima, pero una escena en particular durante los primeros minutos resume la triste experiencia de millones de mujeres en el mundo: Renee, la protagonista, se mira en el espejo de su cuarto después de un largo día y lentamente se quita la ropa quedando solo en sostén y faja; observa largamente su figura y sin decir palabra, solo con su rostro, la audiencia puede entender lo inadecuada, defectuosa, incompleta, insuficiente y frustrada que se siente.

Todos esos sentimientos no se crean en el vacío: son el resultado de las experiencias que vivimos todos los días, de las cosas que nos enseñan en la casa, en el colegio y en la calle nuestros familiares y amigos, la sociedad en general y también la industria de la moda: qué es lo bello, qué es lo correcto, qué es lo apropiado en términos del cuerpo, la figura. ¿Y cómo luchas contra algo que te están inculcando desde que naces?
Durante muchos años, mi abuela hacía ropa para su familia y para cualquiera que lo pidiera, pero se sentía mortificada cada vez que una clienta gorda le pedía un diseño que había visto en una revista, pues decía que nunca se le iba ver como a la modelo. Mi abuela fue la mujer más dulce y amorosa que he conocido en mi vida, y no puedo culparla por pensar así; eso fue lo que le enseñaron: que ser gorda estaba mal.

Eso también lo aprendimos Renee, yo y prácticamente todas las mujeres del mundo occidental. Lo aprendimos tan bien que siempre creímos que era ley y que cualquier cosa fuera de esas líneas estaba mal. Pero al final, la belleza, como muchas otras cosas, no es más que una construcción social: algo que entre todos los miembros de la sociedad acordamos y decidimos que así debía ser. No es definida por Dios ni por la ciencia: nosotros como sociedad la elegimos y la seguimos promoviendo.

Y las industrias, casi todas, apoyan ese ideal: si te ves así, como la modelo de los anuncios de ropa, como la mamá del comercial de detergente, como la vendedora de maquillaje de los grandes almacenes, entonces eres bella. Y es por eso que a todas las que no entramos en esos cánones nos cuesta tanto sentirnos hermosas con ciertas prendas de vestir: porque están hechas para otros cuerpos, los socialmente considerados bellos, sanos, apropiados y correctos.

El resultado es una cantidad de mujeres (la enorme mayoría, de hecho, si se miran estudios recientes) sintiéndose inadecuadas e inseguras con sus cuerpos, que se piensan incapaces de ponerse las prendas de moda porque “esas se ven lindas es en las flacas/altas/voluptuosas” y ellas no lo son, y terminan privándose de vivir la moda como ellas quisieran.
Sobre este tema se ha escrito mucho, porque es amplio, profundo y complejo: artículos, investigaciones y libros sobre todas las aristas de este problema dentro de la industria de la moda, desde la forma en que son representadas las mujeres, la sistemática y constante reducción del tamaño de las tallas, el estándar de las muestras de ropa que es entre tallas 0 y 2, hasta el hecho de que la mayoría de las modelos de tallas grandes en realidad no son de talla grande. La lista sigue...

Pero por fortuna, la conversación ya existe también en algunos espacios de la cotidianidad y de la industria. Movimientos de aceptación y positivismo corporal (#bodypositive), diseñadores ampliando el rango de sus tallas e incluyendo modelos diversas en sus campañas y desfiles (Christian Siriano y Michael Kors, por ejemplo), y por supuesto, mujeres apasionadas por la moda que han decidido disfrutarla al máximo sin importarles los cánones de belleza y tamaño (La Pesada de Moda, Fat Pandora, María Jiménez Pacifico, Macla y muchas más).

Sin embargo, la enorme mayoría de la industria sigue haciendo la misma ropa para las mismas mujeres, y grandes medios de moda respetados abordan el tema de manera superficial y con el único fin de presentarse a sí mismos como abiertos a la diferencia (como Vogue, que incluyó a la flaquísima Irina Shaik en un artículo sobre modelos que le están cambiando la cara a la moda con sus figuras “revolucionarias”).

Y la industria no ha cambiado porque la sociedad no ha cambiado. Mientras el imaginario de belleza sea el mismo, las cosas seguirán iguales. La moda es solo uno de los muchos pilares que sostienen el discurso de la belleza femenina, que le dice a mujeres como Renee que no son hermosas.
‘I feel pretty’ no es perfecta; tiene sus problemas, por supuesto. La protagonista es una mujer blanca, rubia, de clase media, sin ningún tipo de discapacidad y educada. Incluso, no está muy lejos de los cánones de belleza considerando su talla. En otras palabras: Renee es privilegiada en muchos aspectos. Pero eso no significa que el mensaje deba ser desestimado, porque ella puede estar más cerca que muchas otras mujeres de ese ideal —mujeres más gordas, menos curvilíneas, más bajitas, más altas, de otras razas, con problemas de piel o discapacidades—, pero ella igual carga con sus enormes inseguridades.

Incluso leí comentarios tildando la película de “cruel” y “destructiva”, promoviendo ideales de belleza poco sanos y la idea de que una mujer debe estar mal de la cabeza para aceptarse como es. Creo que esas personas no entendieron que el punto de la película es precisamente criticar todas esas cosas, que no son más que lo que nosotros como sociedad acordamos: que todo lo que no sea el estándar, lo esperado, lo deseado, está mal. Cuando vuelve a ver su cuerpo como en realidad es, Renee se da cuenta de que nunca cambió su apariencia, sino su forma de verse a sí misma; simplemente olvidó lo que la sociedad le enseñó que era bello.

El objetivo de este post no es hacer la mal llamada “apología de la obesidad”, ni decir que las mujeres no deberían cambiar su apariencia física si así lo desean. Creo firmemente en que cada quien está en la libertad de hacer lo que crea mejor para sentirse mejor consigo mismo, ya sea bajar de peso, someterse a una cirugía estética, maquillarse de cierta manera o elegir ciertas prendas de vestir. El punto es que esa decisión no debe ser determinada por una industria y una sociedad que promueven unos ideales de belleza femenina que no tienen por qué ser universales y aplicar a todas las mujeres; unos ideales que les exigen a las mujeres ser todas iguales y que si no lo son, valen menos.

La industria de la moda, que amamos tanto en este blog, es todo menos perfecta. Lamentablemente está llena de concepciones terribles sobre lo que las mujeres deben ser y cómo deben verse. Hay que recordar eso y tratar, en lo posible, de que los demás también lo noten. Ese es, para nosotras, el primer paso para empezar a pensar en un cambio real.



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